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Representación de la movilidad del futuro en una gran ciudad

Representación de la movilidad del futuro en una gran ciudad

Auto-disrupción

Cualquier cambio disruptivo conlleva una rotura. ¿Será capaz la automoción de cambiar en 22 años más de 100 años de dependencia del petróleo?

Toni Fuentes

25.11.2018 02:32h

3 min

Al empezar la nueva etapa de la web Coche Global en la alianza con Crónica Global, apelábamos a nuestra vocación de narrar los cambios que se están produciendo en un sector con tanto peso como el automóvil. La evolución de la movilidad se acelera y, con ella, la industria de automoción también tiene que cambiar. Al menos, eso sería lo ideal.

Pedro Sánchez y sus ministras de Transición Ecológica e Industria sostienen que 22 años es un plazo razonable para el gran cambio, que el sector del automóvil se adapte a la nueva movilidad sin emisiones de gases a partir de 2040. Cualquier cambio disruptivo como el planteado ahora conlleva un elevadísimo riesgo de rotura, tal como indica la definición de lo que es una disrupción. Y más si lo que se quiere cambiar es una historia de más de 100 años de automóviles de masas emprendida por emprendedores visionarios como Henry Ford. Son, también, más de 100 años de dependencia del petróleo como materia prima tan esencial para la economía como el aire que respiramos. 

Argumentos a favor y en contra del cambio

Se podría pensar que 100 años no se cambian en 22 años. Hay sobrados argumentos para sostener esa hipótesis. Como que, por ejemplo, se tardan unos ocho años en diseñar, desarrollar, producir y empezar a comercilizar un modelo nuevo de automóvil. O que hay muy pocos puntos de carga para coches eléctricos y los pocos que hay suelen estar infrautilizados. O que la industria de automoción se ha convertido en un pilar de nuestra economía. 

Pero también hay argumentos para defender lo contrario, que es posible un cambio tan disruptivo, de la misma forma que otros sectores han sufrido transformaciones de gran calado que casi siempre han incluido ganadores, perdedores y numerosas víctimas que no se han adaptado al nuevo paradigma y al nuevo modelo de negocio. Con la excepción de los negacionistas del cambio climático, todos compartimos en mayor o menor medida que es necesario reducir de forma drástica las emisiones de gases empezando por el transporte.

La respuesta al dilema está clara. No hay encrucijada de caminos, sólo hay un camino que es el de avanzar hacia una movilidad más respetuosa con el medio ambiente. Pero, ¿a qué velocidad se avanza hacia ese objetivo? Y, más importante todavía, ¿quién conduce ese cambio? 

Demasiada resistencia y postureo

El problema que subyace en las evidentes tensiones de fabricantes y vendedores de vehículos con los gobiernos nacionales y el europeo es que la velocidad del cambio se está imponiendo ante una resistencia fútil del sector automovilístico después de demasiados años en los que una buena parte de las marcas se han abrazado contra viento y marea a sus viejos coches movidos por combustible fósil. Y demasiados años también en los que las administraciones no iban más allá del postureo políticamente correcto en la defensa e impulso de la movilidad ecológica. 

Así las cosas, a la automoción le saldría más a cuenta profundizar en el camino ya empezado por muchas marcas del cambio proactivo en lugar de perder tanta energía en recurrir los decretos. Y a la Administración le saldría más a cuenta probablemente escuchar a los que se han dedicado durante más de 100 años a vender una solución de movilidad. Más vale que haya una auto-disrupción que una autodestrucción.

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