A lo largo de los últimos años he asistido a varias ceremonias del Daruma en la fábrica de Nissan ​de Barcelona. Eran buenos tiempos en los que se anunciaban inversiones que se celebraban con la ceremonia de la tradicional figura votiva japonesa. Los directivos de la compañía y los dirigentes políticos participaban en esa ceremonia pintando el ojo izquierdo para desear buena suerte en el nuevo proyecto inversor a la espera de conseguir el éxito y pintar el otro ojo de la figura. En la historia reciente de la fábrica de la Zona Franca ya no ha habido nuevas ceremonias del Daruma, ni para anunciar nuevas inversiones ni para celebrar la producción de nuevos modelos.

Esa falta de figuras votivas explica en buena pate la grave situación por la que atraviesa la planta catalana, de la que dependen 3.000 empleos directos y hasta 25.000 empleados contando todos los puestos inducidos en proveedores de componentes y servicios. El secretario general de Industria, Raül Blanco, ponía el dedo en la llaga en una reciente entrevista con Coche Global al indicar que en los últimos meses han llevado a cabo una lucha coordinada con la Generalitat y los sindicatos para intentar que Nissan acometa las inversiones ausentes en los últimos años. Necesitamos más Daruma. 

Espera en tensión

La fábrica espera en tensión, y con una huelga quirúrgica que ha paralizado el intento de la empresa de cumplir con Daimler entregándole las 'pick up' pendientes del contrato a punto de extinguirse, el desenlace para Barcelona en el plan de reestructuración que está a punto de presentar la multinacional. La crisis desencadenada por el coronavirus ha agravado los malos presagios para el futuro de la factoría heredera de Motor Ibérica que adquirió Nissan. 

Pero los que empezamos a ser los más viejos del lugar, es decir, en el seguimiento informativo del conflicto tenemos una sensación de deja vu. No hay que remontarse demasiado atrás, solo al año 2009, cuando la multinacional había tomado la decisión de cerrar la planta aunque la mantuvo en secreto. En ese momento, el presidente de la Generalitat, José Montilla, tuvo que encabezar una misión a la desesperada para convencer a la cúpula de Nissan y de Renault, encabezada por Carlos Ghosn para frenar el cierre. Se consiguió aunque con importantes sacrificios por parte de las administraciones en ayudas públicas y de los trabajadores con la firma de acuerdos de competitividad y de reducción de plantilla. 

El Banzai de la plantilla

Once años después, volvemos a la situación en la que la planta de Nissan de Barcelona se juega la bola de partido, aunque el contexto es peor en muchos aspectos. Los trabajadores han optado por bloquear la producción con la huelga indefinida de 120 empleados de Nissan Montcada, que actúa como proveedor estratégico, arropados por la caja de resistencia de toda la plantilla. Es algo parecido a lo que hicieron los empleados de la también japonesa Yamaha al ajustarse una banda roja en la frente y plantar cara al grito de Banzai emulando a los pilotos de los caza zero que se estrellaban contra los destructores estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. 

En el caso de Yamaha no se pudo evitar el cierre. En el caso de Nissan está por ver si todavía existe alguna opción de que tengamos una nueva ceremonia de Daruma en Barcelona.