El intercambio no podía ser más simbólico: Europa abre su mercado a las langostas estadounidenses y a una selección de productos agrícolas y pesqueros “no sensibles”, mientras que Washington reduce —de forma inmediata y retroactiva— los aranceles a los automóviles europeos del 27,5 % al 15 %. Una rebaja que supone un alivio de más de 500 millones de euros en un solo mes para los fabricantes de coches del Viejo Continente.


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La Comisión Europea presentó dos propuestas legislativas que dan cuerpo al acuerdo UE-EE.UU. del 21 de agosto de 2025, firmado para alejar el fantasma de una guerra comercial que sobrevolaba el Atlántico desde hace meses. La fotografía política había quedado clara en julio, cuando Ursula von der Leyen y Donald Trump pactaron en Escocia un alto al fuego arancelario. Hoy, Bruselas mueve ficha para que ese acuerdo no quede solo en papel mojado.

Langostas con pasaporte VIP

La primera propuesta elimina aranceles a productos industriales estadounidenses y concede acceso preferencial a determinadas exportaciones agroalimentarias. La segunda, todavía más pintoresca, prolonga la exención arancelaria de la langosta, incluyendo ahora la langosta procesada. En la práctica, los crustáceos se convierten en embajadores de un deshielo económico: abrir la mesa europea a los pescadores de Maine equivale a asegurar la supervivencia de los fabricantes de Stuttgart, Wolfsburgo o Martorell.

Ursula von der Leyen y Donald Trump / X VON DER LEYEN

Un respiro para la industria del motor

La reducción arancelaria estadounidense al 15 % supone mucho más que una rebaja técnica: representa un alivio para un sector que, tras años de electrificación forzada, tensiones de materias primas y competencia feroz de China, veía en la amenaza de Trump de imponer tarifas del 30 % un golpe casi letal. Bruselas calcula que solo en agosto las empresas automovilísticas europeas han ahorrado más de 500 millones de euros en gravámenes, una cifra que demuestra la magnitud del acuerdo.

Más allá de los coches y las langostas

El pacto transatlántico incluye también compromisos de Washington de aplicar aranceles cero o casi nulos a bienes estratégicos como aeronaves y sus componentes, medicamentos genéricos y ciertos precursores químicos. La UE, por su parte, se compromete a incrementar la compra de energía y tecnología estadounidenses: 700.000 millones de euros en hidrocarburos y nuclear en tres años, además de 40.000 millones en chips de inteligencia artificial.

El mensaje es claro: las relaciones comerciales más importantes del planeta —1,6 billones de euros en intercambios en 2024— no podían permitirse otro episodio de escalada arancelaria. “Este acuerdo es un paso hacia la estabilidad y una base para la cooperación real en retos compartidos”, celebró Maros Sefcovic, comisario europeo de Comercio.

El peaje político del pacto

No obstante, el acuerdo también tiene un reverso político incómodo. Bruselas concede ventajas arancelarias a productos simbólicos para la agenda electoral de Trump —como las langostas de Nueva Inglaterra, muy presentes en los mítines republicanos— a cambio de preservar los intereses industriales europeos. El trueque evidencia hasta qué punto la política comercial se ha transformado en una moneda de cambio geopolítica.

El próximo capítulo

Las propuestas deberán superar ahora el escrutinio del Parlamento Europeo y del Consejo antes de su entrada en vigor. Su aprobación se da por segura, aunque no sin debate: la oposición agrícola en algunos Estados miembros ya critica que Bruselas abra la puerta a importaciones de productos “no sensibles” que, sin embargo, podrían presionar a sectores locales.

En cualquier caso, el calendario es inmediato: el 1 de agosto de 2025 marca el punto de inflexión, cuando la rebaja arancelaria estadounidense ya empezó a aplicarse de forma retroactiva. A partir de ahí, cada coche europeo que cruce el Atlántico pagará menos peaje en la aduana, y cada langosta americana que llegue a las mesas europeas lo hará con un nuevo sello de diplomacia comercial.