El corazón del coche ya no late solo al ritmo de los pistones, sino al compás de millones de líneas de código. El vehículo definido por software (SDV, por sus siglas en inglés) no es una promesa futurista: es el nuevo campo de batalla de la industria. Y, paradójicamente, uno de los ejemplos más reveladores de este cambio no llega de una startup digital ni de un gigante tecnológico, sino de un fabricante artesanal de hiperdeportivos: Pagani Automobili.
En el CES 2026 de Las Vegas, dentro del espacio de STMicroelectronics, Pagani no presentó un coche nuevo. En su lugar, expuso el mismo Utopia que debutó en 2022 convertido en un “laboratory car”, un banco de pruebas para una arquitectura electrónica que mira más allá de 2030. El mensaje es claro: el futuro del automóvil no siempre se anuncia con nuevas carrocerías, sino con nuevas formas de pensar el software.
Domar la complejidad para preservar la emoción
La filosofía de Pagani se resume en una frase heredada de Leonardo da Vinci: "Arte y ciencia pueden ir mano a mano". En un momento en el que muchas marcas compiten por pantallas más grandes, asistentes de voz omnipresentes y funciones autónomas, Pagani defiende una idea casi contracultural: la tecnología no debe imponerse a la experiencia humana, sino desaparecer en favor de ella.
Ese principio ha guiado el desarrollo del Automotive Gateway, una puerta de enlace central creada junto a STMicroelectronics y osdyne. Basada en los microcontroladores Stellar G y en un sistema operativo escrito en Rust, esta arquitectura centraliza funciones clave —control de carrocería, ciberseguridad, diagnóstico remoto, actualizaciones OTA— y reduce drásticamente el cableado. Menos peso, menos complejidad, más fiabilidad.
No se trata solo de eficiencia técnica. Es una aplicación consciente de la “filosofía de la sustracción” a la electrónica: quitar lo superfluo para que lo esencial —la conducción— siga siendo pura.
Software invisible, artesanía tangible
Incluso lo que no se ve debe ser bello. Fiel a su ADN, Pagani encapsula esta potente unidad de computación en una carcasa de fibra de carbono diseñada y fabricada a mano en su atelier de San Cesario sul Panaro. Es un gesto simbólico, pero revelador: el software puede ser intangible, pero forma parte de una obra artesanal.
Christopher Pagani, director de marketing de la marca, lo explica con claridad: el mayor cumplido que reciben es que conducir un Pagani recuerda a los grandes coches del pasado. Mantener esa sensación analógica, hoy, exige más electrónica que nunca. Sensores avanzados, protección frente a errores humanos, actualizaciones continuas de seguridad. El reto no es introducir tecnología, sino hacerlo sin traicionar la experiencia.
Un laboratorio para toda la industria
Aunque validada en un hipercoche, esta arquitectura no está pensada solo para Pagani. La combinación de hardware robusto de ST y software seguro en Rust de osdyne convierte al Automotive Gateway en una solución de referencia para cualquier máquina definida por software: robótica, dispositivos médicos, aeroespacial o electrodomésticos conectados.
Hannes Zanon, director general de Pagani, lo resume con franqueza: sus limitaciones productivas —series muy pequeñas— les dan libertad para experimentar. Muchas de las tecnologías que prueban acaban anticipando tendencias que luego adopta el resto de la industria. En este caso, demuestran que incluso los vehículos de combustión pueden beneficiarse de arquitecturas centralizadas y conectadas, sin necesidad de electrificación total.
Del coche a la nube: una revolución pendiente
Aquí entra en juego osdyne. Su ambición es trasladar al mundo del software embebido lo que iOS y Android lograron en la informática móvil: plataformas comunes, portables y seguras que liberen a los desarrolladores de reinventar la rueda. Hoy, el software automotriz sigue anclado en marcos heredados, costosos y difíciles de mantener. Rust, con su seguridad de memoria, y una arquitectura “clean slate” permiten otro enfoque.
La plataforma de osdyne es portable entre chips —a menudo basta recompilar—, integra simuladores que eliminan la dependencia inmediata del hardware y conecta la máquina con la nube para actualizaciones, gestión y diagnóstico. El objetivo es claro: reducir costes, acelerar el desarrollo y devolver a los fabricantes el control de su destino digital.
Compartir lo invisible para competir en lo visible
Mientras Pagani explora este camino desde la excelencia artesanal, el resto de la industria se mueve en paralelo hacia un modelo más colaborativo. La alianza impulsada por la Fundación Eclipse y la VDA alemana para el desarrollo de software abierto para SDV refleja una realidad incómoda: el modelo en el que cada fabricante desarrollaba su propio software desde cero ya no es sostenible.
Compartir capas no diferenciadoras —sistemas operativos, middleware, integración de hardware— permite reducir hasta un 40 % los costes y acelerar el lanzamiento de nuevos modelos. La competencia ya no está en el código invisible, sino en la experiencia visible: diseño, identidad, relación con el cliente.
No servir a la tecnología
En una época obsesionada con la inteligencia artificial y la conectividad permanente, el caso Pagani lanza una advertencia: no se trata de cuánta tecnología tiene un coche, sino de cómo la usa. El vehículo definido por software no debería ser un escaparate de funciones, sino una plataforma silenciosa, segura y fiable que eleve la experiencia humana sin reclamar protagonismo.
Quizá ahí resida la verdadera próxima generación del software de automoción: no en hacerlo más visible, sino en hacerlo tan perfecto que podamos olvidarnos de él. Como la mejor ingeniería. Como el mejor arte.